domingo, 9 de octubre de 2011

Gío a la guerra.

"Todo ciudadano argentino está obligado a armarse 
            en defensa de la Patria y de esta Constitución      
    conforme a las leyes que al efecto dicte el           
Congreso y a los decretos del Ejecutivo Nacional."
Artículo Nº21 de la Constitución nacional argentina.


Gío a la guerra ¡qué locura! mi amigo Gío disfrazado de soldado.
Ahora nos miramos a los ojos con un signo de interrogación en la pupila; Algo me dice que no vamos a volver a sonreír por un tiempo.

¿Y si cayera una bomba, Gío? si una esquirla incandescente, un vil pedazo de plomo truncara la maravillosa sinergía de tu cuerpo... ¿qué pasaría entonces con tu risa entrecortada? ¿No volvería a hacer eco cuando rías en los callejones, ni a perderse tras el viento cuando rías en las plazas? ¿Y yo no habría ya de intuir de noche, al lado tuyo, charcos, sanjas, por la calle, entre los coches, ni me harías ver de día verde vida tenaz, entre el asfalto de la ciudad prolongada y ruidosa?
Sólo intento decir que quiero que vuelvas, para levantar las baldosas con tus raíces, para irme por tus ramas y florecer en delirio, como cuando todo el arte es tierra fértil y tu creatividad, mi primavera.

Gío a la guerra, cómo si la vida no fuera ya un absurdo.

¡Huí Gío! salvanos a todos de esta desesperación que nos destruye el corazón; huir no es cobardía, cobarde es el que nunca empuñó un libro para leer a los gritos por la calle.

viernes, 24 de junio de 2011

Ella se electrocutaba

Truncó una conversación levantándose en la oscuridad y tropezó con todo lo que encontró en su camino para llegar hasta la puerta. Seguía un grito o un llanto, con la desesperación del momento cúlmine, del instante trágico.  Se asomó por la puerta de la pieza contigua y los vio sentados. Y ella sólo reía. 
"¿qué pasa?" qué te pasó, qué es esa cara.
Volvió confundido a la pieza más oscura, ahora más oscura. Escuchando raro, todavía con el rostro paralizado en un gesto de terror, con la mirada perdida en la semipenumbra de la habitación y las ideas nubladas por un momento que no se terminaba. Y ahora volvía a acostarse, y ahora quebraba en llanto
"Gonza, no pasó nada..." Prenden la luz, lo miran, lo tranquilizan, pero nadie puede ver como él lo ve, en la oscuridad solitaria, en su cabeza, entre murmullos, a través de la puerta, con un haz de luz, los gritos del momento cúlmine, el llanto del instante trágico. Todavía saltaba desesperado, y tropezaba, todavía los gritos, entre los murmullos, todavía se moría en silencio, y los gritos, o el llanto, todavía se descuidaban y hablaban acostados,  todos en sus piezas, y allá sola, en un instante, ella se electrocutaba.


lunes, 25 de abril de 2011

Momento angular

La entrada debería haberse llamado cobardía, pero si tuvo otro nombre fue más que nada por una cuestión de vergüenza que, dicho sea de paso, también hubiera sido un título válido.
Pero no, justamente por eso (válgame la paradoja) debía tener un nombre muy distinto. No un nombre ligeramente distinto, que hubiera devenido en la tarea de seleccionar el sinónimo menos hiriente; ni siquiera uno bastante distinto, enfocando hacia algún concepto de psicología con el que se podría relacionar fácilmente.
No, tenía que ser un nombre completamente distinto. Lo que propiciaba a olvidarse por un momento que el nombre en cuestión debía guardar alguna relación con el contenido de la entrada...
¿Se acordaría luego, ya inmerso en la tarea de redactar, para entonces desesperar y enredarse en una maraña de ideas? ¿Llegado el caso haría un esfuerzo intelectual para cambiar el rumbo del texto de una forma sutil, haciendo uso de una capacidad para conectar conceptos casi sobrehumana o se limitaría a un cambio brusco, grotesco, casi injustificable que pusiera en evidencia su estrecha sagacidad?
No lo sé.
Pero sí sé que en 1974 Anthony Hewish recibió el premio novel de física. Y lo recibió por haber descubierto junto con la ayudante Jocelin Bell lo que hoy conocemos como Púlsar, la reminiscencia posterior a una supernova caracterizada por su rotación y la emisión de radiación electromagnética a intervalos regulares que hizo que un desconcertado Hewish creyera haberse topado con una civilización alienígena.
Llegado este punto de la entrada explicarte el concepto de "momento angular" es una tarea fácil. -¿Fácil? te preguntás-  Sí, puesto que si yo tuviera que explicar, por ejemplo, que me gustás, me encontraría con la dificultosa tarea de encriptar la narración cada vez más, movido por esa vergüenza, (¿o era cobardía?) que ya te había mencionado. Al fin y al cabo, los pulsos electromagnéticos de nuestra estrella de neutrones son estrictamente regulares... mientras que las certezas que el pobre escritor pueda tener sobre sus emociones oscilan de formas indescriptibles.
Vas a estar de acuerdo entonces que explicarte como funciona una magnitud vectorial característica de los cuerpos en rotación (cómo nuestro Púlsar) que es la fuerza que afecta a un móvil que está en un plano perpendicular al vector es una tarea demasiado sencilla en comparación a confesarte, por ejemplo, cuantos besos en la boca proyecté antes de (una vez más) darte uno en la mejilla, y esto se debe, probablemente, a que sé a la perfección como vas a reaccionar si elijo explicarte el momento angular; no así, si procediera de la otra forma.
No me queda mucho más por escribir y llegado este punto de la entrada no creo haber logrado dejarte claro lo que es el momento angular, aunque para ser sincero... no era eso lo que te quería decir.
Lo que sí quedó claro, quizás, es que la entrada debería haberse llamado cobardía, pero si tuvo otro nombre fue más que nada por una cuestión de vergüenza que, dicho sea de paso, también hubiera sido un título válido.

domingo, 17 de abril de 2011

Aufklarüng

"Pensemos en nuestra propia extrañeza ante el coro y ante el héroe trágico de aquella tragedia, a ninguno de los cuales sabíamos compaginar con nuestros hábitos ni tampoco con la tradición - hasta que redescubrimos que esa misma duplicidad es el origen y la esencia de la tragedia griega, la expresión de dos instintos artísticos entretejidos entre sí, lo apolíneo y lo dionisíaco."
Friedrich Nietszche, El nacimiento de la tragedia, Capítulo 6

Ruido de pupitres, y el murmullo subyacente que cesará en razón de veinte segundos, cuando entre por la puerta que está a mi derecha ese individuo, al que este blog le debe quizás un poco más que el nombre.
Quién más que él, en paradójica redundancia, podría ser un tipo de representación corpórea de lo Apolíneo y lo Dionisíaco en conflicto interminable, al tiempo que narra y describe este mismo conflicto, alternando entre generalidades y detalles, y contestando en el medio alguna pregunta de carácter improcedente. Es esa relación la que voy a poner en evidencia (o formular), en esta entrada pretenciosa, tendenciosa, subjetiva y de reducida credibilidad .
- ¿Qué es la filosofía? Vamos a ahorrar algo de tiempo escribiendo la definición.
Los próximos cinco minutos van a ser una especie de prólogo en el que no sólo nos pone al tanto del estudio racional del mundo sino que enmarca su propio estilo estructurado serio y medido. Luego de unos minutos cuando sepamos que no gusta de los exámenes y cuando notemos la dinámica con que enseña vamos a empezar a percibir esa dualidad que lo caracteriza. Así empieza la clase, contesta preguntas, todo remite a un fin plenamente práctico. Hay algo mediando entre él y nosotros, una inteligencia que construye su exposición sobre una estructura racional.
Entonces hila mágicamente conceptos que un humano normal expresaría así quizás: sujeto y objeto, suponer que existe algo cognocible, El instinto es débil en el hombre por lo que necesita teorizar, Nietzche, El mito de Sísifo, Prometeo, transición del mito al logos, El lenguaje como instrumento clave para el dominio del mundo, matemática: pasar por alto la experiencia...
-Hay racionalidad en el mito y el mito subsiste en el logos... ¿Si?
Por supuesto.

La  razón está al servicio de la animalidad cuando en plena manifestación de argumentos harto razonables le niega la posibilidad de interrumpir la clase al joven del centro de estudiantes cuyo discurso se perderá así en el éter de los discursos no pronunciados; pero lo hace dejando entrever sus impulsos, la indignación. El tono de voz revela algo que va más allá de su costado apolíneo...
Y es así como empieza a encarar el final de la clase, y ahora narra, pero parece narrar porque algo en lo más profundo de él lo necesita y porque es una necesidad inmediata, ya no responde a la esencia misma del logos, ya no sacrifica su deseo en la isla de los lotófagos.
-Los soldados de Agamenón sacrifican una sierva sagrada de Meter. La diosa enojada detiene el viento, o según otras versiones envía vientos huracanados, el resultado es el mismo, las naves griegas no pueden partir hacia Troya. La diosa exige el sacrificio de la hija de Agamenón, Ifigenia, entonces este se ve obligado a pagar por algo que no hizo pero de lo que de todas formas es responsable y envía una carta en la que solicita la presencia de su hija para casarse con Aquiles.
Así narra y nada lo detiene y ya ni siquiera él sabe si lo que cuenta es pertinente. No parece importarle pero a los que escuchan tampoco, o por lo menos a mi tampoco.
Sé lo que va a contar, sé que Ifigenia va a presentarse acompañada de su madre para la boda y que ahí se concretará el siniestro fatídico, sé que con frialdad Clitenmestra le deseará a su esposo que parta y que vuelva de Troya victorioso, y lo deseará con sinceridad para poder concretar la venganza, contentando a las Nerineas, dando sangre a la sangre.
Sé que van a pasar diez años y cumpliéndose las profecías del oráculo Agamenón volverá victorioso. En definitiva sé como sigue la historia. Pero eso resulta absolutamente indistinto, porque escucharla mil veces sería escuchar mil veces la misma historia viviendo mil historias distintas.
-Y atrapándolo con una red mata a Agamenón, y mata también a Casandra que había vuelto con él. Pero ahora se cometió otro crimen que tiene que ser vengado. Así, con el regreso de Orestes, hijo de Agamenón, comienzan las Coéforas. Bueno, Nos vemos el viernes.
 Nuestro héroe trágico hace mutis y a bambalinas, antes me sostiene la mirada unos segundos como suele hacer y yo pienso en decirle que está olvidando quitarse la máscara, no lo hago y así desaparece por la puerta que probablemente lo transporte a otra dimensión idílica o lo transforme, porque él no puede vivir entre los humanos.
Ruido de pupitres, y el murmullo subyacente; así concluye, ¿no lo esperaban?. Acta est fabula, ¡plaudite!

sábado, 9 de abril de 2011

Ecce homo

Intermitentemente, con mayor o menor frecuencia, vamos a incurrir en viajes al pasado. Es propio de nuestra naturaleza dado que nuestra conciencia misma esta formada de recuerdos, y sin ellos, simplemente no existiríamos.
Hablamos de los planetas y nos referimos a ellos como si estuvieran muy lejos pero cuando tratamos conceptos abstractos los manifestamos cercanos sólo porque los manejamos a diario.
No tenemos una buena razón para hacer nada de todo lo que hacemos ni la necesitamos, pero ni siquiera se nos cruza por la cabeza la posibilidad de que alguien nos lo plantee seriamente, y si esto sucediera; la necesitaríamos.
Nos movemos, y aún esto es cuestionable, en un mundo donde toda persona aprende y no son pocos los que enseñan, y así y todo, nadie sabe nada; pero todos eligen creer.
Yo creo en lo que veo, en lo que digo, en como lo digo, creo en las personas, en las ideas y en los animales. Creo en lo verdadero y lo falso, en la cama, en la silla y en la mesa. Creo en los círculos pero desconfío de los redondeles. Creo en el tiempo pero dudo de los relojes.
Creo en el peso, en la altura, en el largo, el ancho, la sota y los reyes. Creo en el lenguaje aunque de lugar a los juegos de palabras más inverosímiles porque creo en los juegos aunque desconfíe de quien determina las reglas.
Creo en las respuestas pero antes tuve que creerme las preguntas. Creo que dudar de todo es reafirmar que se cree en todo y aun así creo en que la abstracción es posible.
Creo en el arte y en las artes, en los sueños, el dolor, la reflexión y en esos puntitos transparentes que caen cuando entrecierro los ojos.
Pero si alguien me pregunta; acostumbro decir que no soy creyente.